Cristina, los periodistas y los guerrilleros
Por Pepe Eliaschev
Frase gruesa y desgraciada, pronunciada por Cristina Kirchner en un acto bullanguero y partidario, desprovisto de todo decoro de ceremonia de Estado. La Presidenta anunció su nueva ley de radio y TV “en nombre de los 118 periodistas detenidos desaparecidos durante la dictadura, que con su vida dieron testimonio de lo que es el verdadero ejercicio de la libertad de prensa”.
¿Alguien puede documentar que en los años ’70 tantos argentinos perdieron la vida por ser periodistas? ¿Es cierto que fue en testimonio de “el verdadero ejercicio de la libertad de prensa” que militaron, combatieron y murieron Héctor Demarchi, Ernesto Fossati, Diana Guerrero, Mario Hernández y Susana Lugones? ¿Cayeron acaso en su condición de “periodistas” Leonardo, Cristina y Guillermo Bettanin, y Jaime Colmenares?
Convencida de que los goles secuestrados equivalen a los millares de detenidos-desaparecidos, la Presidenta menciona irreflexivamente la cifra de 118 que eran o trabajan de periodistas y resultaron muertos durante la dictadura, pero, ajena a esas luchas y a esas lágrimas, contabiliza como “periodistas” a Juan José Ascone, Miguel Ángel Bustos, Dardo Cabo, Haroldo Conti, Alicia Eguren, Luis Guagnini, Raymundo Gleyzer y Norberto Habegger. Todos ellos (a muchos de los cuales conocí mucho, y con varios de los cuales trabajé a la par) fueron militantes de tiempo completo, la mayoría de ellos encuadrados en organizaciones armadas y orgullosamente asumidos como combatientes de Montoneros y el ERP. ¿Por qué Cristina banaliza sus vidas e incluso desvirtúa que las hayan perdido como parte de esos combates sangrientos y sin cuartel? ¿Acaso Conrado Ceretti, Eduardo Marín, Enrique Raab, Cristina Solís, Horacio Speratti, Eduardo Suárez, Patricia Villa, Tilo Wenner, Mario Herrera, Daniel Hopen, eran meros cronistas consagrados unívocamente la tarea periodística? ¿No es una manera siniestra de desvirtuar las apuestas existenciales por las que derramaron su sangre militantes como Ignacio Ikonicoff, Miguel Lizaso, Héctor G. Oesterheld, Rodolfo Ortega Peña, Luis Piriz, Roberto Santoro, Francisco R. Santucho, Elías Semán, Roberto Sinigaglia, Francisco Urondo, Miguel H. Vaca Narvaja (h), Enrique Walter, María Victoria y Rodolfo Walsh, y Miguel A. Zavala Rodríguez retratarlos como periodistas que ofrendaron sus vidas para que salga una ley como la que ahora ambiciona el kirchnerismo? ¿No es una necia maldad considerar como periodistas a los asesinados políticos uruguayos Gerardo Gatti, Héctor Gutiérrez Ruiz y Zelmar Michelini, refugiados y luego liquidados en la Argentina por los sicarios de la Operación Cóndor?
Horacio Agulla, Julián Delgado, Rodolfo Fernández Pondal, Rafael Perrotta y Edgardo Sajón fueron ultimados por el terror de Estado por ser peligrosos testigos de la criminalidad de la dictadura. Ninguno de ellos era montonero ni militante del ERP, pero, ¿los consideraría respetables la fraudulenta retórica oficial y serían honrados por íconos de los derechos humanos kirchneristas, como Hebe Bonafini y Estela Carlotto?
Aunque Cristina pregone ahora que “la libertad de expresión no puede convertirse en libertad de extorsión y que la libertad de prensa no puede ser confundida con la impunidad de los propietarios de la prensa”, tanta alharaca sobre una cuestión delicada, que exige más que ninguna otra una consensuada y verdadera política de Estado, es solo producto la agónica pelea por retener el poder, y no de ninguna recalentada y sobreactuada ideología progresista, como esa de legitimar la ley de medios en las luchas de los insurrectos de los ’70, combatientes de la primera línea que pusieron sus vidas en la trituradora, pero que se habían levantado en armas y las habían usaron, no -por cierto- en aras de un reportaje o para escribir una columna.
Esa decisión banalizante y de pasmosa superficialidad explica las razones del uso cínico de ideas nobles al servicio de ambiciones prosaicas. Ahora, Cristina Kirchner aporta un nuevo capítulo a su trayectoria cada vez más desprejuiciada, al evocar, para capitalizar sin escrúpulos las historias de implacables combatientes, que peleaban, pistola o fusil en mano, contra la democracia burguesa, y que, en verdad, jamás hubieran disparado una sola bala en pro de la pluralidad informativa.

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