VOTO A LA NADA
Fuente: http://horaciopalma.blogspot.com/
RODOLFO A. WINDHAUSEN
Ante el triunfo de Cristina Fernández de Kirchner en las elecciones presidenciales de la Argentina, cabe reflexionar sobre las consecuencias de la votación.
Es, fundamentalmente, un voto a la nada. No sólo porque la candidata fue prácticamente la única que no participó en ningún debate, sino porque tampoco dio a conocer nunca una plataforma electoral clara y coherente. ¿Cómo explicar, entonces, el triunfo de una continuidad que se parece a una dinastía hereditaria?
En parte, porque los argentinos viven engañados por una supuesta prosperidad que el oficialismo quiere presentar como un triunfo del gobierno de Néstor Kirchner. Los que cacarean que el presidente saliente consiguió acumular multimillonarias reservas en dólares en el Banco Central olvidan que gran parte de ese dinero --alrededor de 26,000 millones de dólares, según algunos cálculos-- se debe en realidad a acreedores varios, como los países del Club de París y los tenedores de bonos de España, Estados Unidos e Italia.
La aparente prosperidad fiscal proviene de unos impuestos inconstitucionales llamados ''retenciones a las exportaciones'', que son además una de las fuentes de la alarmante inflación que afecta a la Argentina, y se usa para mantener una tasa de cambio artificial mediante las compras que periódicamente hace el Banco Central para contener la carrera al dólar, síntoma típico de esa recurrente pasión argentina que es vivir de la inflación, especulando con el ``qué pasará mañana''.
El problema radica en que nadie lo dice. O pocos son los que se refieren al problema. De la misma manera, nadie cree en las cifras de inflación que Kirchner hizo manipular al Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Aunque nadie cree en esas cifras, a los argentinos les encanta creer que viven en el paraíso y no pocos --casi el cincuenta por ciento-- son los que prefieren aceptar unos guarismos ficticios a aceptar la realidad. Es el mismo país que tiene casi igual porcentaje de habitantes por debajo de la línea de pobreza y en el que la delincuencia y la inseguridad ciudadana han producido una especie de acostumbramiento apático. ¿O es una forma más de escapismo para no enfrentar la realidad?
Lo cierto es que la Argentina acaba de aceptar y respaldar a una candidata que no tiene nada que ofrecer, dando su voto a una persona cuyas ideas le son desconocidas, salvo en lo que atañe a perpetuar el poder de una pareja matrimonial, que es virtualmente lo único que su triunfo asegura.
Tras 24 años de pseudo democracia, los argentinos han optado por dejar las cosas como están y seguir viviendo en el engaño. Un engaño que, como la historia ya demostró otras veces, vendrá seguido de una profunda desilusión, cuando los argentinos caigan en la cuenta de que la realidad es muy distinta a como ellos la sueñan.
Es, fundamentalmente, un voto a la nada. No sólo porque la candidata fue prácticamente la única que no participó en ningún debate, sino porque tampoco dio a conocer nunca una plataforma electoral clara y coherente. ¿Cómo explicar, entonces, el triunfo de una continuidad que se parece a una dinastía hereditaria?
En parte, porque los argentinos viven engañados por una supuesta prosperidad que el oficialismo quiere presentar como un triunfo del gobierno de Néstor Kirchner. Los que cacarean que el presidente saliente consiguió acumular multimillonarias reservas en dólares en el Banco Central olvidan que gran parte de ese dinero --alrededor de 26,000 millones de dólares, según algunos cálculos-- se debe en realidad a acreedores varios, como los países del Club de París y los tenedores de bonos de España, Estados Unidos e Italia.
La aparente prosperidad fiscal proviene de unos impuestos inconstitucionales llamados ''retenciones a las exportaciones'', que son además una de las fuentes de la alarmante inflación que afecta a la Argentina, y se usa para mantener una tasa de cambio artificial mediante las compras que periódicamente hace el Banco Central para contener la carrera al dólar, síntoma típico de esa recurrente pasión argentina que es vivir de la inflación, especulando con el ``qué pasará mañana''.
El problema radica en que nadie lo dice. O pocos son los que se refieren al problema. De la misma manera, nadie cree en las cifras de inflación que Kirchner hizo manipular al Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC). Aunque nadie cree en esas cifras, a los argentinos les encanta creer que viven en el paraíso y no pocos --casi el cincuenta por ciento-- son los que prefieren aceptar unos guarismos ficticios a aceptar la realidad. Es el mismo país que tiene casi igual porcentaje de habitantes por debajo de la línea de pobreza y en el que la delincuencia y la inseguridad ciudadana han producido una especie de acostumbramiento apático. ¿O es una forma más de escapismo para no enfrentar la realidad?
Lo cierto es que la Argentina acaba de aceptar y respaldar a una candidata que no tiene nada que ofrecer, dando su voto a una persona cuyas ideas le son desconocidas, salvo en lo que atañe a perpetuar el poder de una pareja matrimonial, que es virtualmente lo único que su triunfo asegura.
Tras 24 años de pseudo democracia, los argentinos han optado por dejar las cosas como están y seguir viviendo en el engaño. Un engaño que, como la historia ya demostró otras veces, vendrá seguido de una profunda desilusión, cuando los argentinos caigan en la cuenta de que la realidad es muy distinta a como ellos la sueñan.

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