—Luis D’Elía se quejó de la diferencia con que los trata la prensa a él y a Ud. diciendo: “Si uno es blanco y cineasta, no puede ser sospechado de nada. Si uno es morocho y del Conurbano, y pega una piña, es un demonio. Es más sospechoso aún que esto suceda el día que se estrenaba la película de Pino Solanas sobre los trenes”, y agregó que “en esa película están los testimonios de muchos que después aparecieron en los incidentes”. ¿Qué reflexión le merecen esas declaraciones?
—Toda una sarta de mentiras, evaluaciones sin ningún fundamento.
—Respecto de que usted es blanco y cineasta…
—Blanco y cineasta, varias veces me han agredido y me han querido matar, y me he tenido que ir del país en 1976. No quiero polemizar con D’Elía porque sus declaraciones dan pena.
—Ud. realizó un homenaje fílmico a las Madres de Plaza de Mayo cuando se cumplieron 30 años de lucha. ¿Qué piensa de la utilización de la figura de las Madres por parte del Gobierno?
—En ese sentido no tiene moral, utiliza todo lo que le viene bien. Lo que es lamentable es que un movimiento como el de Hebe de Bonafini y las Madres de Plaza de Mayo haya transgredido una norma, que era que el movimiento de derechos humanos no se podía embanderar en ninguna puja electoral. Los movimientos sociales no pueden dividirse, están integrados por ciudadanos de distinta pertenencia política.
—¿Alguna vez se reunió con Néstor o con Cristina Kirchner en el pasado?
—La primera vez que lo vi fue en 2004, cuando llegué del Festival de Berlín. Me habían dado un reconocimiento a mi carrera. Nos invitó a mí y a Daniel Burman, que también había ganado un premio importante, para que lo visitáramos y le contáramos esas cosas. Fuimos como quince, toda la delegación que estuvo allá. Yo fui con mi abogado de siempre, Julio Raffo. En esos tiempos, Néstor Kirchner había dicho que abría los archivos de la SIDE, seguramente con respecto a causas de la AMIA, de la Embajada de Israel. Cafecito, no daba para más, a mí no me gusta mezclar las cosas, acato las reglas de juego; si no, no voy. Pero a Julio Raffo le cuesta no salirse de la vaina, y cuando se comenta que la SIDE había abierto los archivos, nos sorprende a todos preguntándole: “Señor presidente, ¿se podrían abrir los archivos de la SIDE para conocer quiénes fueron los autores del atentado a Pino? Le pedimos a Menem, De la Rúa… Fuimos a ver a Becerra, hemos visitado rigurosamente a todos los jefes de la SIDE y todos miraron para otro lado con distintas excusas”. Néstor Kirchner dijo: “Cómo no, Parrilli, anotá esto rápido”. Hasta hoy lo esperamos. La segunda vez, lo vi quince días después, en el Festival de Mar del Plata, se pasaba Memoria del saqueo, estaban invitados el Presidente, Cristina, los ministros... No se quedaron a ver la película, fueron prudentes. La película suscitaba algún grito, alguna puteada (ríe). Entonces, para no correr riesgos... No hay que olvidarse que el gabinete de Néstor Kirchner era la mitad de Duhalde y la mitad… Oscar Parrilli fue el que dio el informe en el que se dice por qué hay que privatizar YPF en esa histórica sesión. Todas ésas son formas del reciclaje de lo mismo. Yo soy presidente del Moreno, el Movimiento por la Recuperación de la Argentina, un movimiento transversal, y le habíamos pedido desde los primeros días de su asunción que queríamos tener una audiencia con él. Nunca la concedió, y cuando el 1º de mayo de 2006 Evo Morales anuncia la nacionalización del petróleo, días después, por intermedio de Hebe de Bonafini, me llaman porque me conceden la audiencia. Fue la tercera vez que lo vi. Fui con Hebe de Bonafini; estaban el Presidente, De Vido y nosotros dos. Una hora estuvimos. Reconoció el Presidente que había sido un error la privatización, que había sido un error el voto en la reforma constitucional. Se dijo que se iba a formar una comisión que, por supuesto, nunca se formó. Estaban los periodistas y piden que hagamos unas declaraciones, y salió en todos los diarios. Esta es mi interpretación: asustados los mercados petroleros frente a lo de Evo Morales, lo de Kirchner, aliado de Evo, recibiendo al presidente del Moreno y a Hebe de Bonafini reclamando la nacionalización del petróleo era una jugada muy fuerte. Quince días después, Néstor y Cristina desembarcaban en Madrid. Eso fue una apretada.
—¿Siente que lo usaron?
—Por supuesto. Fue una apretada frente a la negociación pendiente con los españoles para facilitar el acceso a ese 15 por ciento, que primero iba a ser 25, porque el que manejaba los fondos de la provincia de Santa Cruz era el banquero Eskenazi, con una desprolijidad tan grande... El diario Clarín menciona en dos o tres oportunidades que en las reuniones que tuvo Kirchner con Zapatero se discutía la suerte de Repsol YPF. Finalmente, la llamada argentinización, un escándalo absoluto, de vuelta otra operatoria, otro relato que les hace creer a los ciudadanos desprevenidos. No hay ninguna argentinización. Si son ciudadanos argentinos, no sabemos, compró una sociedad anónima formada en la víspera en Madrid. Petersen está registrada en agosto de 2007 en Madrid. Compraron con nada cuando el petróleo estaba a 50, 60 y hoy está a 120, 130.
—Ya bajó de 100.
—Los Kirchner acompañaron todos los procesos de privatizaciones. Es más, Néstor Kirchner junto a Sobisch, en marzo o abril de 2002, estaban en la quinta de Olivos reclamando que no se aplicaran retenciones al petróleo porque se corría el riesgo de una ola de desocupados petroleros. Esta es la historia real.
—Por la impresión que le quedó de sus encuentros con Kirchner, ¿es una persona a la que usted le creería?
—No le creería.
—¿Y a Duhalde lo conoció?
—Menos.
—¿Qué impresión política tiene de él?
—Acompañó a Menem en los peores momentos. Indudablemente, un buen piloto de tormentas, no era fácil estar en 2002. Lo imperdonable de Duhalde es el poco patriotismo. Cuando Pérez Companc está endeudado, dice la leyenda que la familia le recomienda vender la segunda petrolera del país, tenía el 20 por ciento de las reservas. Se desprende en 2002 de ese activo por 1.050 millones de dólares, que tampoco se paga cash. Que Duhalde haya posibilitado que pasara a Petrobras es imperdonable.
—También Amalita vendió en la misma época por una cantidad similar la mayoría del cemento argentino a una empresa brasileña.
—No sé si un jefe de grupo brasileño hubiese actuado así.
—No, porque en Brasil los empresarios son valorados por su sociedad mientras que en la Argentina personas como Pérez Companc o Amalita a determinada edad, pudieron haber preferido malvender sus empresas antes que soportar ser blanco de quienes, aprovechando su visibilidad pública, los estigmatizaran desplazando sobre ellos la frustración de la población por el fracaso económico del país. Los empresarios extranjeros envían a la Argentina a un gerente.
—Me da la impresión de que para esos empresarios nuestros, los Bulgheroni, los Soldati, la cosa es vender. Es increíble la falta de ambición de construir. Esa manera de fundir al Banco Nacional de Desarrollo, que le dejaron 5 mil millones de dólares de pasivo. Cuando uno piensa en otras épocas, en otra calidad de gente... Lo real es que los grandes grupos económicos argentinos sirvieron más para vaciar el país y permitir la fuga de capitales, y sus grandes activos los remataron. Con Néstor Kirchner, 468 grandes empresas pasaron a manos extranjeras. ¿Qué hizo el gobierno Kirchner para revertir la tendencia? Se duplicó o triplicó la entrega de las tierras a sociedades extranjeras.
—Durante la crisis de 2001 Carrió encarnó la crítica al capitalismo. ¿Coincide con el Gobierno, que la acusa de desplazarse hacia la derecha? ¿Hubo en Carrió un recorrido ideológico en algo comparable al que Ud. dice que se produjo en Chacho Alvarez?
—Lo ha percibido el país entero. El discurso era democrático, de sensibilidad social, de defensa de los recursos naturales, del patrimonio nacional, con eje en la lucha contra la corrupción, derechos humanos. No hay que olvidar la denuncia extraordinaria que hace del vaciamiento financiero en 2001. En ese momento era la líder de una reconstrucción ética de la política. Pero ella ha ido corriéndose en su esquema de alianzas y en su esquema conceptual. De esas posiciones, terminó con De Prat-Gay. La renegociación de la deuda la empieza Lavagna, y la siguen Kirchner y De Prat-Gay como presidente del Banco Central.
—¿Néstor Kirchner , que hasta el fin de la convertibilidad era uno de los gobernadores más cavallistas, se apropia del relato de Carrió?
—El país lo descubre (a Kirchner) con algún atisbo de discurso distinto cuando huye Menem de la segunda vuelta, y él empieza a decir que basta con el manejo y el poder de las corporaciones.
—¿Y eso lo extrae de Carrió?
—No podría afirmarlo porque no seguí a Carrió ni el derrotero de Néstor Kirchner en su provincia. El la manejó con procedimientos menos democráticos y progresistas de lo que ha hecho gala en esos años, aunque, efectivamente, su manera de ignorar al Congreso Nacional, la tozudez, su intransigencia, el manejarse con decretos de necesidad y urgencia...
—Ya como presidente...
—Claro. El tiene un año muy lúcido que despierta muchas esperanzas. Por ejemplo, cuando abre el debate sobre la renovación de la Corte Suprema.
—La renovación de la Corte y la reapertura de los juicios a la ditadura, ambas propuestas de Carrió, son las dos medidas que el 90 por ciento de la sociedad apoya.
—Extraordinario. Pero la reforma de la Corte Suprema no baja a las Cortes de Casación y menos a los jueces federales.
—Y luego se modifica en el sentido contrario el Consejo de la Magistratura.
—Exactamente. En el Consejo de la Magistratura jugó un rol destacado Cristina Kirchner.
—Mi pregunta apuntaba a saber si usted alguna vez se preguntó si ese discurso era propio de Kirchner o, ante su necesidad de construir un vínculo propio con la sociedad, autónomo del de Duhalde, incorporó el discurso de Carrió, y luego, progresivamente, en la medida en que obtuvo todo el poder, empezó a mostrar el verdadero Kirchner.
—Puede ser. Por ejemplo, en 2003, entre sus primeras medidas está la creación de Enarsa. Nosotros tuvimos un papel destacado y crítico de cómo lo creó. Pensábamos que tenía que formarse como sociedad del Estado, por lo menos como una sociedad anónima con mayoría estatal. Pero Enarsa sirvió como oficina de reparto de áreas de explotación sin licitación, a dedo. Era el modelo de la Sonangol, que es el mismo tipo de empresa creado en Angola. Todos los yacimientos o las áreas las maneja esa empresa y las reparte a dedo, sin licitación.
—Perdone, Pino, pero su idealismo puede hacerlo un poco ingenuo con el Estado. James Buchanan ganó el Premio Nobel de Economía de 1986 por advertir sobre los riesgos que corremos cuando tratamos al Estado con irrealismo. Por ejemplo, cuando a pesar de que los funcionario son personas con defectos y virtudes no tan distintas a la mayoría de las personas, tendemos a pensar que en el Estado se decide siempre e indefectiblemente buscando el bien común, o asumiendo que el presidente y sus ministros son personas de una calidad moral superior, no tomamos en cuenta que el Estado no es una sola unidad decisoria y hay muchos funcionarios con algún grado de poder que podrían estar más preocupados por su interés personal que por el bien común. Buchanan sostiene que un Estado omnisciente y benevolente no es el más frecuente y común de los ejemplos, y que en la prática nos encontramos, muchas veces, con un Estado que tiene sus propios intereses y actúa como un ente desligado de los ciudadanos. ¿Reflexionó sobre este problema?
—Sí, pero creo que el problema está acá en el proyecto político y la conducción de las instituciones del Estado. La asociación de 40 millones de ciudadanos, que son copropietarios de todo lo que posee esa Nación, delega en el Gobierno la administración de esos bienes como el consorcio de este edificio. Las instituciones jurídicas, todo aquello conforma el cuerpo del Estado para hacer funcionar al Estado si hay vocación de democratizarlo. Me parece que es un eje fundamental, no hay sociedad ni Nación si no hay un Estado eficiente y moderno. Ese fue el verso que nos vendieron en los 90, pero lo que hizo Menem fue la destrucción del Estado. Al destruirlo, el ciudadano quedó desamparado, el más indefenso, el más débil, quedó desamparado frente a todo tipo de abuso, en el trabajo, en el medio ambiente.
—Nos ilusionamos con un Estado que funcione como lo hace en países con un sistema parlamentario sólido, donde las decisiones sobre lo público se tomaban democráticamente con consenso y control de diferentes partidos, pero luego nuestro personalismo nos impulsa a otorgarle absoluta discrecionalidad a quien sea presidente. Si el poder no reside en las instituciones sino en una persona, continuamente habrá conflictos entre el interés público y el de esa persona. Lo que usted dice de Enarsa, el capitalismo de amigos, Pedrazza o Camioneros es su consecuencia.
—Venimos de unos años noventa de destrucción y concentración del Estado en muy pocas manos y en los grupos. Acá se destruyó absolutamente todo y lo que falta es una vocación de democratización. Es más, en los años noventa las grandes mayorías fueron de alguna manera conducidas o inducidas por los medios. La entrega de los medios de comunicación de masas a grupos mediáticos sin haber reformado la ley marco. La característica de Kirchner de estos años es que se ha opuesto a promover los debates pendientes que tiene la Argentina.
—Pensar con idealismo en un estado omnisciente y benevolente, puede ser tan grave como en los noventa fue pensar que no debería haber Estado.
—Está pendiente en la Argentina un gran debate institucional, el país se debe un grandísimo debate sobre todos estos temas.
—¿Ud., que fue un gran defensor del Estado, podría advertir al público sobre el peligro de ser ingenuos ante el uso demagógico de lo estatal para que en Aerolíneas y otros futuros debates no nos pase otra vez lo de Enarsa?
—Pero por supuesto que no. Lo que hemos vivido en el funcionamiento de la democracia que terminó perdiendo con el remate del patrimonio público y con la catástrofe de 2001-2002, la hambruna, la quiebra de más de la mitad de las empresas argentinas, todo esto merece un debate que cuestione el andamiaje fundamental de la república. Pero este debate se ha negado; por toda esta cuestión de las privatizaciones de las empresas de servicios, es imprescindible que se realice. Y más ahora que estamos en las puertas de la fibra óptica, es imprescindible un debate sobre los medios de comunicación de masas. Acá hay que defender el derecho a la diversidad de todos los ciudadanos.
—La revista “Noticias” y el diario PERFIL tienen una perspectiva liberal tanto de la política como de la economía y como Ud. lo ha podido comprobar en su propio ejemplo a lo largo de dos décadas, siempre hemos dado cabida a la diversidad. Por eso le pido esa misma amplitud: ni todo lo privado era bueno, ni todo lo del Estado lo es, ni todo lo argentino es bueno, ni todo lo extranjero no lo es.
—Eso así, son los falsos espejismos, como la argentinización de YPF o la argentinización de Aerolíneas Argentinas: es realmente escandaloso. Argentina tiene que ir hacia un modelo superador de esa antinomia.
—Usted dice en su película que tuvimos una derrota cultural. Para no repetir la experiencia, habrá que alejarse de las simplificaciones manipuladoras.
—En muchísimos aspectos, y en este sentido han aportado la desinformación de contenidos y de explicación de causas y de debates plurales tanto los medios de comunicación de masas como las universidades.
—“La próxima estación” es el cuarto documental de una serie de cinco que comenzó a concebir tras la crisis de 2001. Los anteriores fueron “Memoria del saqueo”, “La dignidad de los nadies” y “Argentina latente”. ¿Cerrará con “La tierra sublevada”, sobre los recursos naturales?
—Y la contaminación. La tierra sublevada es la protesta de la tierra frente a tanto daño y tanta impunidad. Las poblaciones aledañas a los grandes yacimientos e implantaciones mineras tienen las napas de agua contaminadas.
—¿Qué papel tendrá la soja en esa película?
—A la soja hay que ponerle límites, por supuesto. Le dedico un capítulo. Esta nueva película tiene un fuerte capítulo sobre la minería. Somos la sexta reserva de metales del planeta, y la minería no paga nada. Es el único sector del empresariado nacional que no está obligado a ingresar ni un dólar de sus exportaciones; en consecuencia, es saqueo puro. Pagan el uno por ciento de regalías y están exentos de todos los impuestos.
—Ud. denunció a Gioja de manejar el negocio minero argentino, tener allegados o familiares en la Secretaría de Minería y la Comisión de Minería del Senado, y haber financiado un congreso de filosofía que tuvo a Cristina Kirchner como oradora principal. ¿Cuál es la relación de Kirchner, a través de Gioja, con el negocio de la minería?
—Es él el que impulsa la reforma de las leyes mineras que tiene su origen en el Banco Mundial. A fines de los años ochenta, el Banco Mundial ya tiene los informes de la extraordinaria demanda de metales que va a haber por el desarrollo de…
—Por el aumento de los commodities.
—Salen entonces a la búsqueda, y en 70 países proponen la reforma de la legislación minera. A la Argentina llegaron 68 millones de dólares del Banco Mundial para la reforma de la legislación minera. Una cosa inconcebible (ríe), ¿dónde están esos 68 millones? El paquete de leyes que se promueve, siendo Gioja el presidente de la Comisión de Minería y Angel Mazza secretario de Minería, es un atentado a la Nación de una grosería espectacular.
—Entonces, su película será sobre petróleo, minería y soja.
—Y la plataforma marítima continental, toda la riqueza que tiene el mar.
—¿Compara la minería con la soja?
—Hoy salen fácilmente más de 10 mil millones anuales. Solamente la minera Alumbrera procesa al año 200 mil toneladas de cobre; a 7.500 dólares la tonelada, son 1.500 millones de dólares. Pero a la vez, procesa 600 mil onzas de oro a 900 dólares la onza.
—De la minera Alumbrera salen 2 mil millones de dólares de exportaciones.
—Cuatro veces el presupuesto de Catamarca. Pero no es la mayor, son Veladero y Pascua-Lama. Lo que sucede con la minería es de un abandono tal y los intereses de las mineras avanzaron tanto que hoy tienen territorios en la Argentina. Hay una franja que no es de nadie, tratado argentino-chileno de minería de diciembre de 1997 firmado por Frei y Menem, que es un escándalo absoluto, son los dueños de ese territorio. A la soja hay que ponerle límites porque no puede acabar con la agricultura. La soja va a acabar con el monte nativo, el desmonte que hay en Salta, en Formosa, en Chaco, es monumental. A la vez, el año pasado se tiraron 50 millones de litros de glifosato. El proyecto de la Argentina es que las deidades de la renta, las ganancias y el fin justifican los medios, o un desarrollo realmente sustentable, en el que el límite está marcado por la capacidad del cuidado y desarrollo de la vida. Pero eso es una gran contradicción.
—Para un empresario inteligente no existe tal contradicción porque desea también maximizar sus ganancias de largo plazo, y, que su explotación sea sustentable, es parte de su trabajo.
—Pero eso es verso.
—No si el recurso fuera propio de por vida como el campo, pero en las concesiones como la minería o el petróleo, es diferente.
—Tenemos que tener normas a largo plazo. YPF perforaba con fluidos líquidos para no envenenar las napas. El petrolero privado utiliza los fluidos líquidos más eficaces y en cinco veces menos tiempo perfora ese pozo. Para la soja rociamos todo con glifosato. Si no se colocan marcos regulatorios o jurídicos firmes…
—Se destruye valor en lugar de maximizarlo.
—Se destruye valor, se destruye la vida, todo. El interior del país es la impunidad absoluta.
—¿Qué pensó cuando De Angeli y Buzzi dijeron en este mismo reportaje que habían votado por Ud. para presidente en las últimas elecciones?
—No conozco personalmente a De Angeli. Yo defiendo siempre los derechos de los pequeños y medianos ruralistas. No hay real revolución en la Argentina, en el sentido más profundo del término, sin que tenga verdadero protagonismo la pequeña y mediana burguesía rural. Recuerdo que durante décadas escuchamos todo tipo de conferencias sobre que lo que nos diferenciaba en la formación económica y social de la Argentina con los Estados Unidos era que Estados Unidos había podido desarrollar una pequeña y mediana burguesía rural con poder, con bienestar, que hacía buenos dividendos. En la Argentina se ha venido dando. Después de la concentración latifundista que hemos tenido, desaparecieron 150 mil pequeños productores, desde el año ’80, de 600 mil productores, hoy tenemos 300 mil. En los últimos diez años desaparecieron entre 120 y 130 mil. No hay política nacional sin repoblamiento del campo. Si sacamos en retenciones, esto coloquémoslo en créditos para que el chacarero que fue expulsado vuelva. No concentración de la tierra para tener fondos buitres y 600 mil hectáreas en manos de un sojero. No. Diversificación de la tierra, repoblar el campo, impedir que un solo cultivo desplace a todos los demás. Queremos diversificación agraria.
—Tanto Scalabrini Ortiz, que nació en Corrientes, como Jauretche, eran hombres de provincias que desde la Capital luchaban por rescatar la herencia federal del siglo XIX y al hombre del interior. ¿Qué habría pensado Scalabrini Ortiz de De Angeli?
—De Angeli es el líder emergente de una protesta chacarera de pequeña y mediana burguesía rural. Otra cosa son los componentes ideológicos.
—¿Cree que Scalabrini Ortiz lo habría visto con simpatía?
—Habría visto con simpatía esa protesta rural. Otra cosa fue la confusión que generó la alianza de los pequeños con la Sociedad Rural y las dos entidades que, tradicionalmente, fueron la expresión del latifundio y a la vez estuvieron asociadas o apoyaron los procesos más ingratos y las dictaduras militares. Ahí hay una historia difícil de bancar, y eso ha producido una enorme confusión. Los planteos de la Federación Agraria que vino haciendo todos estos años eran correctos y el Gobierno hizo oídos sordos.
—El argumento de los ruralistas que cortaban las rutas era que no querían que sus hijos tuvieran que seguir engrosando el Conurbano porque en los pueblos y ciudades del interior no tuvieran un futuro económico, lo mismo que Scalabrini Ortiz mostraba en su célebre novela “El hombre que está solo y espera”. ¿Este fue el aspecto positivo de esta crisis?
—Hay un antes y un después de la crisis del campo. Que nos lo cuente el gobierno de Cristina. Hay razones en el Gobierno porque el Estado tiene toda la legitimidad de fijar sus políticas económicas, distribución de la riqueza y retenciones. Las retenciones móviles existen en la Argentina ya en el petróleo, no es una novedad. Por otra parte, si los argentinos se hicieron cargo de una devaluación del 200 por ciento, era para recuperar la diferencia de los precios internacionales con los internos en el curso global de la economía. Si eso no está acompañado por una discusión seria de coparticipación federal, estamos en una acumulación de tensiones y de conflictos que estalla como estalló lo del campo. No hay coparticipación federal, no se puede igualar a los chicos con los grandes. No pueden pagar todos el 35 por ciento de las retenciones, acá los más chicos tienen que pagar el 10, el 20 por ciento. Pero como el Gobierno siguen aplicando la misma concepción regresiva de tipo impositivo porque iguala a todos en el impuesto al consumo y no progresivo, las medidas del 10 de marzo unieron y volcaron a todos a la ruta. Pero nosotros marcamos que era curioso que tanto en un campo como en el otro estaban dejando afuera al tercer protagonista que se sentaba en la mesa de la renta agraria, que es el sector exportador que se queda con el 30 por ciento de la renta, exporta en negro, triangula, el 60 o 70 por ciento va a puertos como los de Montevideo, le fija el precio al consumidor y termina estafando a todos, al productor y al fisco, y se queda con 1.700 millones.
—Sobre esta serie de películas que comenzó tras la crisis de 2001, Ud. dijo: “Voy a continuar el discurso de ‘La hora de los hornos’, por supuesto que con los ajustes de la evolución de mi pensamiento desde aquella época, pero retomando la reflexión, el cine-ensayo que fue aquella película”. ¿Cómo evolucionó su pensamiento desde aquella mítica “La hora de los hornos”, de hace 40 años?
—Cuando yo tenía 19 años, en 1955, fue el bombardeo a Plaza de Mayo. El nacimiento de mi conciencia política e histórica fue en épocas de dictadura. Vengo de una familia apolítica católica medio conservadora.
—Su padre era médico.
—Ideología de clase profesional burguesa católica neoconservadora, apolítica, la política es peligrosa, mala palabra, antiperonista. Cuando digo que retomaré la línea de La hora de los hornos me refiero como cine. Es un cine histórico, ensayístico, mezcla la crónica de la historia con el cine de testimonio de la actualidad y con diversas formas que utilizo de montaje. Sigo teniendo la misma visión latinoamericanista.
—La esencia de Pino es la misma que la de hace cuarenta años.
—Yo creo que sí, soy muy sanmartiniano, de la causa de San Martín, Bolívar, Artigas. Creo que nosotros tenemos todo para ganar como gran nación, pero somos hasta ahora una gran nación inacabada.
—¿La crisis de 2001 lo hizo volver al lenguaje cinematográfico ensayístico del principio?
—Por supuesto. Inconcebible esos chicos desnutridos. En la Argentina mueren todavía hoy 20 o 25 chicos por día
—Si hubiera nacido en un país sin crisis, ¿habría hecho otro tipo de cine?
—Habría sido otro yo.
—¿Un otro yo, por ejemplo norteamericano, habría filmado alguna de las películas de Michael Moore?
—Me encanta lo de Michael Moore. Creó un personaje de una gran simpatía para el espectador y es el provocador que el espectador tímido nunca se anima a ser.
—En su última película usted es el protagonista.
—Es cine de autor y al serlo no tengo por qué ocultarme, por eso está con mi voz. Creo que sería una falsedad poner la interposición de otra voz en alguien que escribe el texto y está haciendo la cámara y la película entera.
—En “Tierra sin nada, tierra de profetas”, Scalabrini Ortiz escribió: “La intensidad del pensamiento abstracto me acercó, sorpresivamente, a la intensidad del pensamiento lírico”. ¿Es correcto decir que Ud. es también un representante del “pensamiento lírico”?
—Sin duda, incluso me inicié como músico y como poeta. Cuando le preguntaron a Scalabrini cómo fue que se alejó de la literatura siendo el niño mimado que, en el año 1931, todo el Buenos Aires literario (Arturo Capdevila, Córdoba Iturburu, Alfonsina Storni, Borges) festejaba, él dice: “Un día descubrí que había una causa que hasta ese momento no la tenía. La clave de la vida es la causa, y ese día me suicidé en el escritorio donde escribí El hombre que está solo y espera. En la casa de mi madre decidí suicidar, liquidar, tirar por la ventana ese escritor que todavía era sensible a las vanidades, las competencias, los orgullos y decidí dar un paso hacia la causa”. Se enciende con el fervor de una gran causa nacional, no en el sentido ideológico, de defensa del país.
—El lector podría preguntarse cuál es la receta para seguir filmando a los 72 años con pasión juvenil. Me pregunto si usted podría hacer suyas las palabras de Scalabrini Ortiz: “¡Creer! He allí toda la magia de la vida”.
—Es exactamente así.
—¿Cuánto le costo “La última estación” y cuánto recaudará?
—No tengo el balance definitivo. Seguramente, alrededor de los 500 o 600 mil pesos.
—¿Podrá recaudar esa cantidad sin subsidios?
—No, no. Es un milagro que usted pague el estreno. Como no pude recuperar los estrenos en las otras, en ésta decidí casi no gastar nada. No pude publicar avisos en los principales diarios, salí con dos copias mías, la tercera, que está en el Gaumont, es del Instituto de Cine. Existe alguien que me ayuda, que en este momento se encarnó en Aníbal Fernández (ríe).
—¿Ve? Al final usted también precisa de “la patria subsidiada”.
—Por supuesto. El cine argentino no existiría sin algunas de las formas de subsidio, todo el cine europeo no existiría sin la protección. Uno no recupera nunca. Nadie lleva a la novia el sábado a la noche, o los matrimonios no van el sábado a la noche, salvo en casos muy excepcionales, a ver mis películas. Este cine mío está mucho más cerca del lunes, martes o miércoles (risas). Y el cine todavía sigue siendo la salida.
—¿Y la venta de DVD?
—Tiene una difusión el DVD pero se lo roban todo. Usted pone plata encima para hacer la edición. No sé si saca mil dólares. Esto no hay que medirlo con la lógica del que hace una película como cine industria. En lugar de escribir una crónica sobre estos últimos años, he hecho una crónica con la ambición de que pueda terminar como un testimonio.
—¿Hay algo que no le haya preguntado y que le gustaría agregar?
—Que, lamentablemente, estamos perdiendo el tiempo porque estamos detrás de falsas opciones. Voy a decir cosas repetidas: la opción es encolumnarse detrás de cinco o diez grandes propuestas que hacen a la recuperación de nuestras riquezas y que son suficientes para financiar un desarrollo con cierto grado de autonomía. Y democratizar las instituciones de la República y bregar por una cultura de la participación, que el ciudadano se eduque desde joven para que sepa que esto le pertenece y que como es suyo lo debe cuidar y debe pedir rendición de cuentas. Democratizar los poderes para evitar todos estos manipuleos o robos o estafas que hemos padecido. Democratización, recuperación de los recursos y, por supuesto, si hay alguna prioridad absoluta, es dar respuesta a la inmunda..., a la inmoralidad ética, de que produciendo 134 millones de toneladas de alimentos al año tengamos cuatro millones de indigentes y regiones del país como La Quiaca. Hace pocas semanas me llamó Don Pedro Olmedo, el obispo de La Quiaca, y me dijo: “Mirá, acá el 50% es desnutrido”. ¿Cómo puede ser? Entonces, recuperar riquezas para acabar, de una vez por todas, con la indigencia y esas inmoralidades.