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Archivo: Julio 2008

El peor acuerdo

iomega 28/07/2008 @ 09:57

Martín Caparrós

25.07.2008

Nunca hubiera pensado que alguna vez podía llegar a estar de acuerdo con el hijo de puta del ex general Luciano Benjamín Menéndez. Y sin embargo, ayer.

Ayer, en su alegato final, el ex Menéndez, ex jefe de una de las unidades militares más asesinas, el Tercer Cuerpo de Ejército, hombre de cuchillos tomar y de presos matar, peroró en su defensa. Dijo, en síntesis, que las fuerzas armadas argentinas pelearon y ganaron para "evitar el asalto de la subversión marxista". Y yo también lo creo.

Con algunos matices. La subversión marxista –o más o menos marxista, de la que yo también formaba parte– quería, sin duda, asaltar el poder en la Argentina para cambiar radicalmente el orden social. No queríamos un país capitalista y democrático: queríamos una sociedad socialista, sin economía de mercado, sin desigualdades, sin explotadores ni explotados, y sin muchas precisiones acerca de la forma política que eso adoptaría –pero que, sin duda, no sería la "democracia burguesa" que condenábamos cada vez que podíamos.

Por eso estoy de acuerdo con el hijo de mil putas cuando dice que "los guerrilleros no pueden decir que actuaban en defensa de la democracia". Tan de acuerdo que lo escribí por primera vez en 1993, cuando vi a Firmenich diciendo por televisión que los Montoneros peleábamos por la democracia: mentira cochina. Entonces escribí que creíamos muy sinceramente que la lucha armada era la única forma de llegar al poder, que incluso lo cantábamos: "Con las urnas al gobierno / con las armas al poder", y que falsear la historia era lo peor que se les podía hacer a sus protagonistas: una forma de volver a desaparecer a los desaparecidos. Me indigné y, de tan indignado, quise escribir La voluntad para contar quiénes habían sido y qué querían realmente los militantes revolucionarios de los años sesentas y setentas.

(A propósito: es la misma falsificación que se comete cuando se dice, como lo ha hecho Kirchner, que este gobierno pelea por realizar los sueños de aquellos militantes: esos sueños, está claro, eran muy otros. En esa falsificación, Kirchner y el asesino ex se acercan; ayer Menéndez decía que "los guerrilleros del 70 están hoy en el poder", sin ver que, si acaso, los que están alrededor del gobierno son personas que estuvieron alrededor de esa guerrilla en los setentas y que cambiaron, como todo cambió, tanto en los treinta últimos años que ya no tienen nada que ver con todo aquello, salvo para usarlo como figura retórica.)

Es curioso cómo se reescribió aquella historia. Hoy la mayoría de los argentinos tiende a olvidar que estaba en contra de la violencia revolucionaria, que prefería el capitalismo y que estuvo muy satisfecha cuando los militares salieron a poner orden. "Ostentamos el dudoso mérito en ser el primer país en el mundo que juzga a sus soldados victoriosos, que lucharon y vencieron por orden de y para sus compatriotas", dijo el asesino –y tiene razón. Pero la sociedad argentina se armó un relato según el cual todos estaban en contra de los militares o, por lo menos, no tenían ni idea. Es cierto que no podían haber imaginado que esa violencia era tan bruta, tan violenta, pero había que ser muy esforzado o muy boludo para no darse cuenta de que, más allá de detalles espantosos, las fuerzas armadas estaban reprimiendo con todo.

El relato de la inocencia mayoritaria se ha impuesto, pese a sus contradicciones evidentes. Los mismos medios que ahora cuentan con horror torturas y asesinatos las callaron entonces; los mismos partidos políticos que se hacían los tontos ahora las condenan; los mismos ciudadanos que se alegraban privada y hasta públicamente del retorno del orden ahora se espantan. Y todos ellos conforman esta masa de ingratos a la que se dirige el muy hijo de exputa: "Luchamos por y para ustedes" –les dice y, de hecho, los militares preservaron para ellos el capitalismo y la democracia burguesa. Pero la sociedad argentina se ha inventado un pasado limpito en el que unos pocos megaperversosasesinos como éste hicieron a espaldas de todos lo que ellos jamás habrían permitido, y les resulta mucho más cómodo. Como les resulta mucho más cómodo, ahora, indignarse con el ex que repensar qué hicieron entonces, a quién apoyaron, en qué los benefició la violencia de los represores, y lo fácil que les resultó, muchos años después, asombrarse, impresionarse e indignarse.

El ex Menéndez es, sin duda, un asesino, y ojalá que se pudra en la cárcel. Es obvio que no es lo mismo la violencia de un grupo de ciudadanos que la violencia del Estado, pero es tonto negar que nosotros proponíamos la guerra popular y prolongada como forma de llegar al poder. Y también es obvio que la violencia de los militares no les sirvió sólo para vencer a la guerrilla: lo habrían podido conseguir con mucho menos.

Durante mucho tiempo me equivoqué pensando que los militares habían exagerado: que la amenaza revolucionaria era menor, que no justificaba semejante despliegue. Tardé en entender que los militares y los ricos argentinos habían usado esa amenaza como excusa para corregir la estructura socioeconómica del país: para convertir a la Argentina en una sociedad con menos fábricas y por lo tanto menos obreros reivindicativos, para disciplinar a los díscolos de cualquier orden, y para cumplir con las órdenes reservadas del secretario de Estado USA, su compañero Kissinger, que les dijo en abril de 1976 que debían volver a convertir a nuestro país en un exportador de materia prima agropecuaria.

Es lo que dijo el ex: "¡Y nosotros estamos siendo juzgados! ¿Para quién ganamos la batalla?". Porque es cierto que la ganaron, y que su resultado principal no son estos juicios sino este país sojero.

Ése es el punto en que casi todos se hacen los boludos. La indignación siempre fue más fácil que el pensamiento. Supongo que es mejor que muchos, para sentirse probos, prefieran condenar a los militares antes que seguir apoyándolos como entonces. Pero no deja de inquietarme que todo sea tan fácil y que sólo un asesino hijo de puta suelte, de vez en cuando, ciertas verdades tremebundas.

Frankenstein

iomega 18/07/2008 @ 11:00

El Gobierno cometió una de las series de errores políticos más notables de la historia argentina reciente y creó un monstruo. Martín Caparrós.

No se enfrentaban a nadie. Hace cuatro meses, cuando empezó este baile, sus peores enemigos eran la inflación, las sospechas de corrupción, el INDEC, la posibilidad de que, si acaso, a Macri no le fuera tan mal, o sea: no tenían enemigos. Sin embargo, empezaron a hablar como si los tuvieran –y todo parecía tan extraño. Hasta que consiguieron producirlos.

“Si una situación es definida como real, esa situación tiene efectos reales”, dice el teorema de Thomas, un sociólogo americano que trató de sintetizar la idea de profecía autocumplida. Digo: la mayoría de los argentinos estamos a favor de las retenciones a las exportaciones de materia prima –agropecuaria, petrolera, minera. O, por lo menos, hasta el 11 de marzo, muy pocos estaban en contra. Ni siquiera los más feroces camperos discutían su existencia. Y después discutieron su monto –con perdón–: sólo su monto.

Por eso no creo que el tema de estos días sean esas retenciones, algunos puntos más o menos: lo que se discute, ahora, es el resultado de una de las series de errores políticos más notables de la historia argentina reciente.

Primero fue esa resolución 125 llena de errores técnicos y fundada en el peor error político: no diferenciar a grandes y chicos y empujar a las rutas a una cantidad de gente que jamás habría salido si el Gobierno hubiera establecido esas diferencias. Ahí empezó todo: el Gobierno creó la masa crítica en su contra y posibilitó una alianza inverosímil entre chacareros y terratenientes.

Su otro error original fue no hablar, desde el principio, de redistribución. Empezaron por decir que se llevaban esa plata sin decir para qué, y tardaron meses en ofrecer unas promesas vagas y etéreas, sin anuncios concretos. Y, además, omitieron coparticiparla, con lo cual se peleaban con sus aliados provincianos.

Justo después vino otro error: aquel tono crispado que la mayoría no entendió ni consideraba necesario, y que los alejó de mucha gente que hasta entonces los apoyaba. Y que no enmendaron cuando vieron que no funcionaba; al contrario, redoblaron la apuesta y empezaron a hablar de golpes, de grupos de tareas increíbles.

Hasta el error final: tras meses de idas y venidas, y sin ninguna convicción, porque no encontraban otra vía, mandaron la resolución al parlamento: era obvio que el debate aumentaría los conflictos y divisiones que ya asomaban en su propio bloque de poder.

(Y dejamos de lado mucho error menor. Los técnicos, como aquel que hizo que la retención rechazada ayer terminara favoreciendo a la soja sobre el maíz y el trigo, por ejemplo. O los de esta semana: salir a la calle el martes a perder una pelea cuantitativa que nadie les obligaba a dar, no ser capaces de calcular los resultados del Senado, comprarse a Saadi cuando ya no servía.)

También fue un error hacer de este conflicto una cuestión de supervivencia, todo o nada. ¿Ahora cómo van a hacer para explicar que la derrota no fue tan importante? Los errores son legión pero truena, por encima de todo, el gran error: la creación de Frankenstein, el monstruito enemigo.

Frankie es un espanto: la mezcla más extraña, la receta que nadie habría podido imaginar –Urquía y la CCC, Buzzi, Carrió y Barrionuevo– y actúa abominable muchas veces: racista, clasista, gorila de opereta, patriotero. Otras, en cambio, se pone inteligente o astuto o eficaz, progre o conserva, tan variado. Es obvio que va a ir perdiendo piezas: la Rural y Castells no pueden seguir juntos mucho tiempo. Pero aún así le van a quedar varias y quién sabe adónde irá; para facilitarle el camino, quedará en millones de personas esta sensación de antagonismo con el Gobierno, de que nada de lo que haga va a estar bien. Y todo lo consiguieron casi solos, por sus propios méritos.

El rechazo de las retenciones, en cambio, fue mérito –o demérito– de muchos otros. Fue un triunfo de la política, de lo que me gusta entender por política: la participación y la movilización en pos de un objetivo. Es casi un chiste cruel que el mayor ejercicio de democracia directa de los últimos tiempos haya llegado de la mano de algunos que muchas veces se cagaron en la democracia: es otra de las contradicciones de esta historia de contradicciones incansables. Aunque hay cierta justicia poética en el despropósito: al kirchnerismo le ganó la participación que sus jefes deberían haber encarnado y fomentado –por supuesta tradición, por supuesto proyecto– y siempre despreciaron, hasta que, en pleno susto, convocaron a otro rejunte extraño.

Digo: un triunfo de la política. Un gobierno lanza una medida como han lanzado todas sus medidas los gobiernos recientes –por decreto o resolución, sin consultas, puro poder ejecutivo– y, por una suma de razones, mucha gente decide oponérsele y para eso sale a la calle, a las rutas, se hace oír como puede, presiona a sus representantes, consigue su objetivo.

A mí me gusta que la política suceda en la calle porque implica un descontrol, en sentido estricto: cantidades de personas moviéndose sin el control de los que siempre nos controlan, un momento fluido, imprevisible. Si los gobernantes supieran lo que les conviene, quizá tratarían de reemplazar esta movilización por referéndums. Estos cuatro meses de marchas y contramarchas, errores y pavadas, podrían haberse evitado con la limpieza de una consulta popular: dos semanas de debates, votación y a los bifes.

En cualquier caso, ganó la versión menos mediada, más movilizada de la política: una democracia un poco más directa, menos presa de sus “representantes”. Ojalá sea un ejemplo: que el mismo grado de movilización pueda reclamar que los hospitales no sean chiqueros, que en las escuelas se enseñe, que los transportes funcionen, que los más pobres coman, que haya igualdad en serio. Que la movilización no quede sólo del lado de los que quieren –un poco más de– plata.

Fueron meses muy raros –que no se han terminado. Me pregunté mucho, durante este conflicto, cuál era la pelea real, detrás de los puntitos porcentuales. Distintos sectores tenían peleas distintas pero, en general, creo, peleaban por sus ideas diferentes del Estado. El Estado es el eje de la política kirchnerista. El Gobierno intenta la recuperación de un poquito de Estado y se pelea con los ricos y medio ricos que se acostumbraron a disfrutar del no-Estado que Videla y Menem impusieron. El Gobierno hace un uso módico de ese Estado y no convence a los pobres y no tan pobres que querrían que les volviera a asegurar lo que les debe, lo que les cobra en impuestos. Es el problema típico de estas políticas nichinili: demasiado para algunos, insuficiente para muchos. Y un corolario: no hay nada peor que alguien que hace, en nombre de una idea política, algo distinto de ella. No sólo no la concreta sino que, además, cierra espacios para los que quieren seguirla realmente.

Mientras tanto, el Gobierno va a tener que buscar un rumbo. Frankie ahora amenaza y se lo hace más difícil. Cuando asumió Fernández se dijo que mantendría el gabinete de su esposo hasta abril y que recién entonces –¿por qué entonces?– formaría el suyo propio: quizá sea el momento. De hecho, varios opositores empiezan a deslizar que ya es hora de que el ex presidente deje gobernar a su mujer –y le atribuyen la derrota, en una versión actualizada de la “teoría del cerco”: ella es más buena, él es el malo, Néstor como el Lopecito de Cristina.

El Gobierno tiene que hacer algo. Podrían pensar que su mínima política de alianzas les dio pésimos resultados –un tal Cobos– y que deben abroquelarse y que, en su soledad, les conviene profundizar esas reformas con las que amenazan. O pensar que les conviene abrir y negociar, tratar de seducir a las clases medias que perdieron. Hay, por supuesto, muchos caminos intermedios para oponerse a Frankie. Pero ahora la Presidenta está, como corresponde, en Resistencia, donde dice que es un día muy especial por “la recuperación” de Aerolíneas Argentinas, y muy triste porque ha muerto un amigo querido, testigo de su casamiento, y después habla de la infraestructura del Chaco y del aumento de las inversiones extranjeras y muchas gracias buenas noches. Del otro lado hay un país que se quedó esperando. Frankie avanza.

Fuente: www.critica.com.ar

Cobos terminó con una forma de gobernar

iomega 17/07/2008 @ 10:56

Por Joaquín Morales Solá
Especial para lanacion.com

El kirchnerismo, tal como se lo conoció, ha terminado en la sorprendente madrugada de hoy. Un hombre solitario, Julio Cobos, que tomó la decisión más importante de su vida rodeado sólo por su familia, maltratado por el oficialismo en las últimas semanas, terminó con una forma de gobernar y con un estilo de mandar que duraron cinco años.

Cobos no fue un verdugo oportunista, sino la expresión última y definitiva de una crisis que había dejado al kirchnerismo sin opinión pública, sin confianza social en la economía, sin aliados y sin gran parte del peronismo. Se necesita cometer muchos errores políticos para convertirse tan rápidamente en un paria de la política después de usar y abusar de un poder hegemónico durante un lustro.

El primer y más grande error fue el capricho. La Presidenta y su esposo dejaron pasar no menos de cuatro o cinco oportunidades para acordar con las entidades agropecuarias un final digno del conflicto. Los ruralistas no fueron el motivo de tanta decadencia, pero su resistencia fue esencial para catalizar el malhumor colectivo.

Una cierta ceguera política se apoderó del liderazgo político de la Nación, que le impidió ver que ya no era hora de doblar la apuesta, como lo había hecho siempre el kirchnerismo, sino de apaciguar los conflictos que podían crecer al calor del descrédito oficial. Crecieron, hasta tomar la dimensión de la enorme derrota de anoche.

Cobos hizo bien en jugar su papel institucional volcándose hacia donde estaba la sensación generalizada del Congreso. Hasta los oficialistas que votaron por el proyecto de las retenciones lo hicieron, tanto en la Cámara de Diputados como en la de Senadores, con la sensación, fácilmente perceptible, de que estaban haciendo lo incorrecto. Un desempate del vicepresidente a favor del proyecto oficial hubiera significado arrancarle al Congreso una decisión contra su naturaleza y contra su opinión más extendida. Hubiera sido un exceso del poder circunstancial y casual de un solo hombre.

La Presidenta tiene la Jefatura del Estado y su responsabilidad es ineludible. Pero tan notable como esa responsabilidad fue el fracaso de la estrategia diseñada por su esposo, el ex presidente. Néstor Kirchner llegó a boicotear, en nombre de la "compañera Cristina", las negociaciones con el campo que abrió la propia presidenta. El jefe de Gabinete, Alberto Fernández, hablaba con los dirigentes rurales por indicación de Cristina Kirchner, pero el pendenciero secretario de Comercio, Guillermo Moreno, salía paralelamente a agredir a los ruralistas por orden de Néstor Kirchner.

Las formas del maltrato kirchnerista están también en la explicación de la soledad en que quedó el oficialismo cuando le llegó la adversidad. El ejercicio de cortar siempre puentes políticos y afectivos significa anular cualquier posibilidad de retirada o de rectificación. Se juega a todo o nada, a la derrota o a la victoria. La derrota se abatió ahora definitivamente sobre el oficialismo.

Una administración débil deberá afrontar un destino de tres años y medio más de vida. Podrán citarse muchos ejemplos de gobiernos del mundo que perdieron votaciones en los parlamentos y tuvieron luego una vida lozana. Son ciertos. La única y crucial diferencia es que ninguno de esos gobiernos mandaba como mandaban los Kirchner. El matrimonio presidencial argentino no sabe gobernar de otra manera que no sea asestándole su propia voluntad a la política y a la sociedad.

Eso es lo que ha terminado en la madrugada más ingrata de los Kirchner. El destino de los actuales gobernantes se cifra ahora en su capacidad para cambiar un modelo de gobernar y en descubrir un modo consensual de administrar el país. Los Kirchner nunca han recurrido a esas prácticas normales de la política, ni en Santa Cruz ni el gobierno nacional. No se puede predecir, por lo tanto, lo que sucederá cuando las cosas carecen de experiencia previa.

SOBRE TUS RUINAS

iomega 10/07/2008 @ 08:56

KIRCHNER - HAY QUE TENER MEMORIA

iomega 08/07/2008 @ 09:26

La Artruchina

iomega 04/07/2008 @ 12:43

Fuente: www.criticadigital.com.ar

Estamos hechos mierda. Despacito, por si no quedó claro: estamos hechos mierda. Nosotros, la Argentina, realmente hechos mierda.

Por Martín Caparrós

Estamos hechos mierda. Voy a decirlo despacito, por si no quedó claro: estamos hechos mierda. Ahora voy a repetirlo, por si acaso, en latín con acento francés: estamos hechos mierda. Nosotros, la Argentina, realmente hechos mierda. Y desafío a cualquiera que no esté de acuerdo a mirar en internet –si no lo vio en la tele– el video de ese alumno secundario que acosa a su maestra.

La escena es aterradora. Quiero decir: aterradora. La imagen no es muy buena –pixelada, borrosa–, pero se ve a una señora de mediana edad, anteojos, pelo lacio, que habla, con un libro en la mano, de historia argentina: Rosas, Lavalle, la muerte de Dorrego. Y se ve a un muchacho –que, después sabremos, tiene 15 años– grandote, con una especie de delantal blanco y una gorra de béisbol al revés, que la maltrata.

El muchacho le agarra la cabeza, la despeina, le tapa la cara con un paraguas naranja, le baila delante, le echa polvo de tiza, la agarra de los hombros y los brazos, la zarandea, la sacude; la mujer mientras tanto sigue hablando, diciendo su lección, haciendo como si no pasara nada: simulando que enseña.

La escena es aterradora, y es difícil mirarla sin pensar lo más pavo: que ese pibe es un cobarde que se aprovecha de una persona indefensa, que dan ganas de sentarlo de un trompazo.

–¿Cómo indefensa? ¿No es la profesora?
–Sí, es la profesora, y se la ve perfectamente indefensa.

Después sabremos que, al final, como el video se vio mucho, expulsaron al muchacho y a otro compañero de la Escuela de Comercio N° 19 Juan Montalvo, en Caballito. A esta altura el dato es casi irrelevante: lo tremendo, en esa situación, es todo lo que el alumno hizo antes que la maestra agotara su paciencia y dejara de decir su lección de historia argentina, o sea: todo lo que esa mujer estaba dispuesta a soportar sin reaccionar, todo lo que debe ser corriente soportar en ese ámbito. Lo tremendo es esa breve percepción de lo que, en general, pasa a puertas cerradas.

Nunca me consideré un moralista ni un defensor de las instituciones. Estoy, más bien, en contra. Por eso creo que es una pena, pero que hay relaciones que no funcionan sin cierto ejercicio de poder. La enseñanza es una de ellas: alguien –el alumno– cree que hay alguien –el maestro– que sabe más que él, que eso que sabe le interesa y que, por lo tanto, va a respetarlo y escucharlo.

Ése sería la forma de consenso: así se relacionaban, supongamos, Platón y Sócrates, Agustín y Ambrosio, los alumnos de la cuarta división de cuarto año –promoción ’74– y nuestro profesor Raúl Aragón. Cuando el consenso no funciona –casi siempre–, aparece la institución, que impone esta relación de poder definiendo un papel para el alumno y otro para el profesor.

Aquí, en esta escena, está claro que no hay consenso ni hay institución. Por un lado, parece obvio que esa escuela no produce esas relaciones. Por otro, se ve que ese muchacho no tiene el menor interés en lo que está sucediendo, que nadie ni nada consiguió convencerlo de que aprender o al menos escuchar lo que le dicen pueda servirle para nada. Que está ahí sólo porque lo obligan. Y que la maestra no tiene forma de cortar una situación que hace mucho que se volvió humillante.

Insisto: estoy, en principio, contra cualquier ejercicio de autoridad. Pero entiendo la diferencia entre la autoridad que proviene de un acuerdo o del funcionamiento de una institución, y la que aparece cuando nada de eso funciona. Entonces lo único que queda es la histeria y el autoritarismo: ese muchacho es un monstruo, sanciónenlo, échenlo, tírenlo a los perros. Es cierto que, viéndolo, dan ganas. Pero no sirve para nada. Y, sobre todo, se estaría castigando a la víctima, no al culpable.

Culpables somos todos, en grados diferentes. Últimamente resulta de buen tono adjudicarse culpas de lo que pasa en la Argentina. Y es cierto que todos las tenemos, pero no es lo mismo la culpa del que se hizo el boludo que la del que se opuso a muchas cosas, la del que nunca pudo influir que la del que gobierna, gobernó, tiene poderes. La culpa para todos es una forma seudoastuta de culpa para nadie.

Pero en este caso la culpa general, con sus grados y sus diferencias, consiste en que todos seguimos jugando a nuestro deporte favorito: la Artruchina. Jugamos a la Artruchina todo el tiempo, aunque a veces simulemos que hacemos otras cosas. Porque la Artruchina consiste, precisamente, en simular: en seguir simulando que somos un país.

En ese país hay un simulacro de Estado que recauda lo que puede –con los especuladores financieros, por ejemplo, no puede– para poder sostener sus simulacros de educación, simulacros de salud, simulacros de justicia, simulacros de participación política. Y todos jugamos, nos hacemos los osos –en el fútbol, la gambeta es básica; en la Artruchina, nada es tan necesario como saber hacerse el pelotudo– y así vamos, hasta que de pronto, por errores, quedamos frente a un fragmento de realidad como este video, que nos muestra lo que hay detrás de esas fachadas con una bandera, un escudo y un cartel que dice escuela.

Entonces lo miramos, nos indignamos, lo olvidamos –en el fútbol, la pegada es básica; en la Artruchina, nada es tan necesario como olvidar en pocas horas– y seguimos viaje: seguimos simulando que somos un país, que hay un Estado, que tenemos escuelas, hospitales, justicia, esas pavadas.

A eso jugamos, y se diría que nos divertimos: Artruchina se la banca. Es una posibilidad. La otra sería pensar que no podemos seguir jugando a este juego pedorro, y ver qué hacemos. Aunque puede ser un poco complicado. Quizá nos resulte más fácil seguir yéndonos a la mierda en bote. Total, el viaje es largo y ya tenemos la nariz tapada.

Sobre Comentarios y demás

iomega 03/07/2008 @ 19:26

 A los lectores del blog:

Este blog no pretende imponer un pensamiento o idea. Nada más alejado de la realidad. No es un blog de los servicios ni defensor de la dictadura como algunos creen o piensan. Sí, y es preciso,  no callar ciertas verdades, por más que molesten. Nació como una forma de canalizar las broncas de estar inmersos en un pantano de mierda hace ya varios años y aprovechado muy hábilmente por una casta política que ha vivido y vive de un pasado asqueroso que nadie que esté en su sano juicio quiere volver a vivir. Nadie. Se entiende?  Les pido sí, que cuando comenten en el mismo tengan la amabilidad de dejar un correo electrónico para poder contestarles y aclararles algunos puntos. Es muy fácil decir algo y esconderse detrás de un correo falso o inexistente. Gracias a Dios son los menos.

Un abrazo.

El autor del blog.